Cuando empiezo un nuevo diseño, todo arranca con un caos creativo. A veces es un concepto suelto que me ronda la cabeza; otras, una nota garabateada en un papel o un destello de inspiración tras ver un color en la calle. Lejos de la idea de un proceso lineal, mi taller se sumerge en pinceles, retazos de tela y pigmentos dispersos. Entre todo ese desorden, lo único constante es la sensación de que hay algo ahí, esperando a tomar forma.

El Origen llega cuando decido volcar ese impulso a la zapatilla. No hay bocetos definitivos, sino trazos espontáneos que me sirven para trazar el camino. Empiezo limpiando la superficie, preparando la base y probando colores sobre pedazos de tela o papel. Este “ritual de inicio” me conecta con el modelo, casi como si estuviera conociéndolo por primera vez y, a la vez, proyectando lo que se convertirá en su esencia.

A medida que avanzo, la zapatilla va cobrando vida: cada pincelada cuenta una microhistoria que, al unirse con las demás, formará un relato completo. Me gusta pensar que, en este punto, el caos deja de ser caos y se vuelve energía en movimiento. Si algo no fluye, vuelvo un paso atrás, elimino, mezclo otro color o reinterpreto la línea. Aquí no hay atajos: son horas de taller, música de fondo y conversaciones conmigo mismo mientras los pinceles hacen de las suyas.

Cuando al fin siento que el diseño ha alcanzado su verdad, le doy un acabado protector para que soporte el uso. Es el momento de la caja, pero no una caja cualquiera, sino ese contenedor donde guardo un pedazo de mi proceso, mi esfuerzo y, sobre todo, mi corazón. A veces la acompaño de una nota con la historia que inspiró el modelo. De esta manera, el viaje pasa de mis manos a los pies de alguien que, al calzarlas, se convierte en cómplice de esta historia.
Así es como nace cada nuevo modelo en Sigma V Soul: de un caos que se ordena cuando la pintura encuentra su sitio, hasta la caja que sella la obra y la envía a la vida real. Entre ambos extremos, hay un proceso tan imprevisible como apasionante, lleno de dudas, sorpresas y momentos de pura inspiración. Y, al final, la gratificación de ver cómo algo que empezó como un torbellino de ideas se convierte en una pieza única, lista para pisar el mundo con arte y determinación.
